"El viajante" de Asghar Farhadi

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Coincidiendo con la entrega de los óscars, en la que El viajante (2016) ganó el Óscar a la mejor película de habla no inglesa, tiene lugar su estreno en España, distribuida por Golem. Asghar Farhadi, no acudió a la ceremonia en señal de protesta por el veto de entrada a los EE.UU. que quiere imponer Trump, entre otros, a los ciudadanos iraníes.

El cine iraní se ha convertido en estos últimos 20 años en una filmografía de referencia, a partir del éxito y las expectativas que han despertado sus directores más relevantes en los grandes festivales de cine occidentales. En este contexto, la figura de Asghar Farhadi es un caso curioso porque su cine se aleja de los registros que han caracterizado este desembarco de películas iraníes. Seguramente, la característica preponderante de estas películas, ejemplificadas por la vía del desaparecido Abbas Kiarostami y su discípulo Jafar Panahi; o por el clan Makhmalbaf o incluso por una propuesta más narrativa y sentimental como la de Majid Majidi, radica en una delgada y mínima peripecia argumental, donde la película se construye no a partir de su guión, sino del encuentro de los personajes con la realidad que les rodea en el momento relevante del rodaje. Contrariamente,

el cine de Farhadi sí se construye a partir de un guión sumamente poderoso que regula de manera implacable y también impecable el desarrollo de una trama argumental con múltiples giros, sorpresas y también trampas y trucos camuflados.

Así, mientras el cine iraní que hemos conocido en estos últimos años, se jugaba la película en el instante del rodaje, en su confrontación con la realidad y mantenía, por ello, un alto valor documental y de desarrollo azaroso; el cine de Farhadi llega a ese momento del rodaje con las directrices preestablecidas por un trabajo de laboratorio en el que se ha dado forma a la película que ahora deberán corporeizar los actores. Seguramente por eso Kiarostami tiene un lugar de honor en el cine de estos últimos años y Farhadi triunfa en los Óscars, aunque en su caso, podemos reconocer un punto intermedio entre ese cine que puede digerir Hollywood y ese otro que puede ser valorado desde una perspectiva que sobrepasa la coyuntura del momento. De ahí también los premios que ha recogido en Berlín y en el caso de El Viajante en Cannes, donde obtuvo el premio al mejor guión y a la interpretación masculina.

El viajante cumple con las mismas señas de identidad que ha caracterizado el cine anterior de Farhadi. Su fundamento, una calculada arquitectura que articula tiempos y espacios y regula la información y el momento en que ésta debe ser presentada. Un mecanismo de relojería narrativa que sitúa en su arranque un factor desencadenante que operará como implacable rodillo en el que se verán atrapados los personajes. De esta manera, desde la escena que da inicio la película, donde la pareja protagonista deberá abandonar su casa ante el peligro de derrumbe, se halla inscrito el proceso de desmoronamiento que afectará a todos los personajes que se vean tocados por ese mecanismo-virus. Así sucedía también en Nader y Simin, una separación (2011) donde la decisión de separarse tomada ante el juez en la primera escena, desencadenaba un proceso al que no podía ponerse freno, cuyo epicentro se situaba en la sede judicial. Mecanismos dominados por una suerte de fatalismo que una vez puestos en marcha no tienen detención posible, quedando expuesto los personajes a la aparición del siguiente diente de una rueda que ahondará en la aparición de grietas cada vez más profundas.

El viajante (2016)

En su interpretación más sugerente, el mecanismo pone en evidencia la fragilidad humana y su incapacidad para dominar y controlar un destino que le sobrepasa, algo que nos podría llevar a la grandiosidad de la tragedia pero, en su vertiente negativa, esa opción queda limitada por un exceso de cálculo y de regulación que parece generar una auto-complacencia por haber encontrado un artefacto narrativo que funcione con tanta perfección. En el cine de Farhadi todo está colocado en el lugar que debe estar colocado para producir el efecto que debe producir. Por el camino, es cierto que plantea problemas y dudas éticas, tanto a los personajes como al espectador y que además de su maestría en el control del dispositivo, cuenta con unos actores excelentes que refuerzan la solidez de la propuesta.

Para aquellos que piensan que un buen guión es la base y el fundamento de una buena película, pocos ejemplos más destacables en la actualidad que el cine de Farhadi. Personalmente, cuando descubro el trabajo de laboratorio que hay detrás y las férreas estructuras en las que intenta encadenarme su devenir narrativo, siento, en contraposición, que algo me expulsa de la película, que sólo me reclama para que la admire, o en el mejor de los casos para que me plantee un dilema moral. En ese momento, y mucho más cuando re-pienso la película cuando ésta ha terminado, siento como esas grietas que se iban abriendo desde el principio de El viajante, se abren también entre la película y yo como espectador.

El viajante (2016)

Dicho esto, como la mayoría de espectadores podrían pensar que ando corto en sentido común por no valorar en positivo factores tan evidentes como un guión, unos personajes y unas interpretaciones tan redondas como las que se dan en El viajante, debería acabar reconociendo que si alguien se juega la película en su guión,  cómo mínimo que éste esté tan bien construido como el de El viajante.

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