¿Puede Scorsese acabar con el cine?

Scorsese

The Irishman, la próxima película de Martin Scorsese ya está en fase de rodaje, con previsión de ser estrenada en 2019. Más allá de las expectativas generadas por la (re)unión del director con un reparto plagado de grandes leyendas, uno de los focos está en la producción por parte de Netflix.

The Irishman de Martin Scorsese (en fase de producción)

Después de “revolucionar” la distribución cinematográfica al estrenar de manera simultánea Beasts of No Nation (2015) en cines y en su plataforma digital, lo que se puede saber hasta la fecha del proyecto de Scorsese es que la empresa tiene pensado estrenar la película de manera exclusiva en su plataforma.
Sin bien es cierto que Silence (2016), la última película del veterano director, fue un fracaso en taquilla, y que Netflix ya ha estrenado películas de gran presupuesto únicamente en streaming, la idea de no poder ver la próxima película del norteamericano en una sala de cine, debería hacernos preguntar sobre el futuro de las salas y, por lo tanto, del cine en general.

Como no tengo aspiraciones empresariales ni de economista, mi punto de vista se basa en la de un simple espectador. Y por eso no puedo estar sino alarmado por el rumbo que está tomando el consumo cinematográfico.

Que sí, que es entretenimiento. Y, como la comida basura, es agradable poder consumirla a gusto en el sofá de casa. Pero –y aunque esto cueste de entender a un gran sector de la población–, también es un Arte. Y, si bien se puede contemplar con detalle el Guernica de Picasso desde el teléfono móvil, sentado en el excusado, no tiene comparación con ver en directo los casi ocho metros de tela pintados a mano.

Parece que la industria está olvidando que todo Arte necesita su propio museo. La arquitectura tiene su propio espacio físico, la pintura y la escultura tienen sus galerías, la música, sus salas de concierto, la poesía y literatura tienen sus librerías, bibliotecas o cafés, la danza tiene su teatro, y el cine, la sala de cine.

Es absurdo tratar de negar que la asistencia de espectadores a las salas está de capa caída. Por lo menos, la asistencia a cines de consumo masivo. En los últimos años hemos visto el ocaso de un sinfín de multi-salas. Ahora bien, hay algunos cines que parece que nunca están vacíos. Al mismo tiempo que todo parece venirse abajo, han crecido las salas más pequeñas, con menos programación pero escogida a conciencia. Salas que se llenan de espectadores que hacen cola y que, mientras esperan, hablan de directores raros, películas desconocidas y festivales emergentes. Gente flipada, sí, pero que desprende una sensación general de amor por el cine.

Lo cuál hace replantearse el ya recurrente mantra de que la gente ha dejado de ir al cine. Quizás hay que preguntarse qué gente ha dejado de ir al cine.

Tampoco hay que ser muy inteligente para reconocer que el cine y los que pretenden comer de él, no pueden sobrevivir únicamente de cinéfilos, cinéfagos y cinemaníacos. Pero también es injusto privar a éstos de la experiencia que supone la sala de cine. Y, si el espectador medio rechaza ir al cine, quizás es un buen momento para abrir el abanico de propuestas y acercar producciones que no sean únicamente blockbusters americanos y comedias ligeras de los países vecinos.

De hecho, las nuevas propuestas en las salas han venido de parte de las ficciones televisivas. En los últimos años hemos podido ver cómo algún capítulo se ha colado en la cartelera. Y, aunque todavía de un modo muy especial y concreto, solamente en España –y en el último año–, se han realizado preestrenos de series como Merlí, La Zona (en el Festival de Sitges), o La casa de papel.

¿Podría ser este el camino que van a coger las salas? De entrada suena absurdo –puesto que hablamos de proyectos hechos para formato televisivo–, pero si echamos la vista atrás encontraremos ejemplos que descartarían lo alocado de la propuesta. Desde los inicios del cine hasta mediados de los cincuenta, existió el cine serial, conocido simplemente como seriales. Estas películas –antecedentes de las series de hoy–, estaban divididas por episodios y se proyectaban durante distintos días en las salas de cine y los nickelodeon. Seriales como Les Vampires (1915), Dick Tracy (1937) o Los tambores de Fu-Manchú (1940) fueron auténticos éxitos masivos en salas.

Les Vampires (1915) de Louis Feuillade

Así pues, ¿llegaremos a ver temporadas completas en la salas de cine? Es interesante imaginar la cantidad de gente que asistiría a las salas si en ellas se proyectara –antes que en las plataformas digitales– la próxima temporada de Juego de Tronos, o la serie de moda del momento. No obstante, seguiría existiendo el problema para las películas de otras productoras. Por el momento, Cannes ya confirmó que tendrá su propio festival de series de televisión (que tendrá lugar la segunda semana de abril), por lo que ya no hay ninguna duda de que el formato serie está calando hondo en la industria.

Pero volviendo a Netflix, y siguiendo con Cannes, ha habido cierta polémica por la decisión del festival de prohibir la participación de películas de plataformas digitales, tras dejar participar dos películas la pasada edición. Para este año han prohibido participar películas no estrenadas en cines, para evitar que Netflix participe.

Por un lado, entiendo el conflicto. Habrá quién diga que las películas de Netflix son de calidad y merecen ganar premios. Pero también es lógico que un festival “clásico” vea con recelo y se aparte del nuevo modelo de exhibición, que está ayudando a acabar con lo que precisamente representan este tipo de festivales: la celebración del cine en mayúsculas (y, como todo festival, a veces peca de elitismo y superficialidad).

En cualquier caso, no dudo que, tarde o temprano, Netflix y las demás plataformas pasen a formar parte de los concursos oficiales, puesto que los festivales acabarán cediendo a la voluntad del consumidor, y querrán renovarse. Eso está bien, en principio. El cine siempre ha bebido de sus innovaciones. Pero ¿hasta dónde debe llegar?

Las plataformas digitales no son un problema en sí mismas. Facilitan el consumo de cine con gran contenido y a muy buen precio. Los espectadores lo hemos entendido y podemos estar satisfechos (sobretodo con las plataformas que dedican gran parte de su catálogo a cine clásico). Pero, para la industria, es una estupidez dejarse arrastrar por esta corriente. No hay pantalla de televisión, ni sistema de sonido que pueda sustituir la experiencia de ir a una sala de cine, quedarse a oscuras y dejarse llevar. Aunque –y esto es muy doloroso–, la gente de la butaca de al lado comente la película, haga ruido con las palomitas, o directamente saque el teléfono.

Pese a estas experiencias que te hacen perder la poca fe en la humanidad que te queda, ir a una sala de cine sigue siendo la mejor manera de disfrutar del cine (y por supuesto que puede competir con la comodidad del sofá de tu casa). Y, del mismo modo, es terriblemente ingrato salir de un cine decepcionado por la película vista. Por eso no se puede ceder ante el público. Los espectadores vamos al cine, no tiene que ser el cine el que vaya siempre a los espectadores. Hay que volver a ser exigente con el público, el pequeño y el grande. Porque sino, la masa se conformará con cualquier cosa, y probablemente de la peor calidad. No hay más que ver el estado de las cosas, desde la televisión a la política. No hace falta hablar de la cultura y el Arte. Si fuera por el público masivo, el Arte se reduciría a lo que suena en las discotecas, a los memes de internet, al porno, a las telenovelas, a las películas de explosiones y testosterona, y, con suerte, a Paulo Coelho.

Quizás Quentin Tarantino tiene razón y hemos perdido el compromiso con el cine. Así que quizás es un buen momento para dar visibilidad a las propuestas de autores condenados a circuitos menores de festivales –con los que no se rentabiliza demasiado la película–, y sacar al espectador más exigente del ostracismo. Sé que es utópico, pero hay que replantear la situación y la función del cine en la sociedad. No puede ser que a alguien a quién le guste el cine no pueda ver una buena película en la sala de su ciudad.

Ya hemos desistido de encontrar buen cine en los principales canales de televisión (y evidentemente en un horario normal), pero no tiene sentido desistir de encontrar buen cine en las salas de cine. Volviendo a lo ya comentado, las salas deberían ser esos museos a los que un amante del cine puede asistir y disfrutar de grandes obras. Así que, puesto que ha quedado demostrado que las salas no las salvarán ni los grandes efectos, ni las tres dimensiones, quizás es el momento de que las salas sean planteadas por y para los amantes del cine. Y llenarlas, por fin, de más y mejor cine.

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