Sobre lo infinito (Om det oändliga, 2019) de Roy Andersson

Sobre lo infinito

Siempre es un lujo poder adentrarse una vez más en el maravilloso mundo de Roy Andersson, desde que consolidara en el año 2000 su tan particular estilo con Canciones del segundo piso, su mejor película a mi gusto. Tras la peculiar y tan hipnótica trilogía existencial, el director sueco caracterizado por sus tomas largas en planos estáticos que se suceden unos a otros, y su tendencia a la comedia del absurdo surrealista en la que caricaturiza a la sociedad sueca, nos invita con su nuevo filme, Sobre lo infinito, a su personal adaptación contemporánea de Las mil y una noches, la célebre recopilación medieval de cuentos tradicionales del Oriente Medio, que utiliza la forma del relato enmarcado.

Roy Andersson llegó a declarar que su principal influencia como creador era Goya. De sus fotogramas se desprende en cualquier caso una enorme influencia por la pintura en general, siendo bastante reconocible la influencia de pintores como Edward Hopper. La película, que viene a ser una sucesión de viñetas independientes pero interconectadas, exprime al máximo cada una de las secuencias que se resuelven en un único plano-secuencia estático, donde Roy Andersson cual pintor creando cuadros en movimiento, estudia meticulosamente qué incorporar dentro del marco y logra dotar de una gran profundidad de campo y una gran riqueza de detalles a cada uno de ellos, en las escenas cotidianas y bizarras que combina. Hay una única excepción en el plano onírico que ha terminado dando vida al póster -probablemente inspirado en la pintura de Sobre la ciudad de Mark Chagall-, donde la cámara se mueve y amplia y desplaza el marco pictórico. La película es, como en la trilogía que le antecede, un compendio de planos generales en el que se suceden escenas delirantes sobre la miseria humana filmadas con una perturbadora belleza.

El director sueco hace además una vez más una muestra de su gran ingenio y de su tan particular sentido del humor, con grandes dosis de lo absurdo mordaz, que nos hacen partícipes del gran espectáculo de la comedia humana. Incluso resulta fascinante su forma de filmar los sueños y enlazarlos con la vuelta a la realidad: un cura que ha perdido la fe tiene un sueño recurrente de él arrastrando la cruz por una de las calles de su ciudad con toda una tropa de ciudadanos desprendiendo odio hacia él mientras le azotan. Nos muestra luego una escena de una pareja mayor en la cama mientras seguimos oyendo los mismos cánticos de odio anteriores, la mujer se despierta por las convulsiones que está teniendo el hombre al lado suyo, y deja margen a pensar que la crucifixión contemporánea está sucediendo en la calle de enfrente, pero de pronto se despierta alterado el hombre y cesan los cánticos. Fabuloso recurso. Sobre ellos una cruz colgando.

De su compatriota llegó a decir:

Respeto muchísimo a (Ingmar) Bergman. Pero efectivamente no es lo mío. ¿Qué es la vida sin una sonrisa? Bastante poco dura esto como para encima pasarlo de mal humor.

A tenor del ingenio de Roy Andersson, me gustaría puntualizar una de las escenas del principio de la película: empezamos escuchando una voz en off que nos narra algo, y en un plano vacío sin personajes rodeado de edificios, se nos aparece de repente un hombre subiendo lentamente las escaleras del centro del encuadre. Una vez alcanza el final de la escalera, toma la palabra este personaje encadenando a partir de la voz en off y nos habla a cámara, mirándonos fijamente. Nos relata que hace poco se encontró en esta misma escalera a un hombre que conocía de la infancia, y que al saludarle el hombre le ignoró por completo. Al terminar de narrar aparece justo ese hombre que pasa a su lado ignorándole mientras él le vuelve a llamar por su nombre. Una libertad narrativa maravillosa en una secuencia resuelta en este único encuadre donde se sucede una técnica narrativa detrás de otra con completa naturalidad. Descubrimos que la indiferencia de ese otro personaje hacia nuestro narrador es debido a que le había hecho bulling en la escuela y él ya apenas lo recordaba, pero por lo visto el otro no lo había olvidado. Reminiscencias del pasado con el presente.

Resulta muy interesante también como relaciona el director sueco distintas secuencias en un principio autónomas, pero que cobran gran simbolismo al interrelacionarlas. También el enfoque diferenciado que da a las escenas donde aparecen personajes jóvenes, a los que trata con más ternura en su fase de aprendizaje sobre los entresijos de la vida, en comparación a los personajes ya más mayores, sumidos en la soledad y el desconcierto ante la vida, en una especie de vacío existencial. A su manera, el estilo de Roy Andersson es una radicalización del estilo de Jacques Tati llevado a su propio terreno, generando una devastadora visión de la sociedad moderna.

Ya se alzó en el 2014 con su última entrega de la trilogía, ‘Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia’, con el León de Oro de Venecia. Con ésta, se ha alzado con el Premio a Mejor Director en la edición de Venecia de 2019. Si bien no resulta una novedad fílmica dentro de la limitada filmografía del director sueco de estas últimas dos décadas, si no que es más bien un perfeccionamiento de su particular estilo y además un trabajo de síntesis -dura tan solo 72 minutos-, lo cierto es que resulta muy placentero poder ir al cine a ver una propuesta tan distinta al resto, tan original y transgresora a su modo, que ofrecerá además buenas dosis de humor a los amantes del humor negro y absurdo.

Un rara avis imprescindible. Pasen y hagan su propia cata:

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