Entrevista a Guillermo G. Peydró: 'El Retablo de las Maravillas'

Foto de Óscar Fernández Orengo

Entrevista a Guillermo G. Peydró

El Retablo de las Maravillas. Apuntes para una película sobre el Quijote.

Fotos de Óscar Fernández Orengo

Con motivo del estreno de  El Retablo de las Maravillas. Apuntes para una película sobre el Quijote en la 28 edición de L’Alternativa, en la sala Zumzeig, y quedar fascinado con la propuesta de la película de Guillermo G. Peydró, que suposo para mi a su vez descubrir su cine, me animé a entrevistarle, sabiendo que iba a encontrar respuestas interesantes que adentren al lector en su universo y conocimientos, como persona tan culta que es. Podéis leer a continuación sus respuestas:  

Rubén Seca: Para empezar, me gustaría preguntarte por ¿cuál fue la raíz o germen de esta película? ¿Qué te motivó a hacerla?

Guillermo G. Peydró: El germen de la película está en un personaje concreto de Cervantes, el morisco Ricote, que aparece en el capítulo 54 de la Segunda Parte del Quijote. La manera en que está escrito ese capítulo, su diálogo con Sancho, me parecía extraordinariamente retorcida, mucho más de lo habitual en Cervantes. Me parecía evidente que ahí había un indicio de ocultación de algo importante para Cervantes, que quiso codificar algo concreto bajo la forma de una conversación paradójica, perfectamente ambigua. Ricote es un morisco que vuelve a España disfrazado de vagabundo alemán, después de que Felipe III expulsara a todos los moriscos del país en 1609; al volver, se encuentra por azar a su antiguo vecino Sancho Panza, y hablan sobre su expulsión entre bromas, vino y lágrimas; en la conversación, Cervantes equilibra de forma muy precaria la alabanza al rey y la denuncia amarga de los costes humanos de esa decisión cruel. Partiendo de este diálogo profundicé, primero, en las circunstancias que rodearon al decreto de expulsión de los moriscos; un decreto precedido por actitudes racistas, mentiras e intereses concretos, y seguido por una propaganda que culmina en un concurso de pintura que gana Velázquez en 1627. Combiné después varias informaciones biográficas, históricas, de teoría de la literatura o de Teoría del Juego (Jean Canavaggio, Américo Castro, Manuel Azaña, Thomas Mann, o Matthew A. Wyszynski) para ir ampliando las implicaciones de ese capítulo, en lo formal y en lo político. En el personaje de Ricote está codificada hace ya cuatro siglos la utilización del racismo y la mentira para fines políticos en nuestro país. Los ecos con la actualidad, ya antes de la pandemia, eran evidentes y quería explorarlos. Lo único que hizo la pandemia poco después, aparte de impedirme grabar las huellas del Quijote por Madrid que había previsto para la banda de imagen, fue agudizar los síntomas políticos que ya estaban operando, crear una suerte de burbuja donde esas estrategias se llevaron al extremo en medio de la ansiedad colectiva por la amenaza sanitaria.

Si no me equivoco, la película nace motivada por las primeras restricciones propiciadas por el covid, ¿cómo desarrollaste este proceso creativo en tu caso condicionado por la cuarentena?

La pandemia y el confinamiento reorientaron la película hacia su forma actual, al menos en lo visual; en un principio no había previsto que fuera una película tan doméstica y autobiográfica. La película empezó a gestarse en noviembre-diciembre de 2019, en Córcega. Mi mujer estaba preparando una escultura pública para la ciudadela medieval de Bastia, y yo no tenía ningún trabajo en ese momento, después de varios años como programador de festivales; así que decidí leer por segunda vez el Quijote, quince años después, con el Quijote Apócrifo de Avellaneda entre medias. Hacia febrero, había decidido abordar el tema de Ricote de manera oblicua, a través de las huellas del Quijote en Madrid, con vistas a preparar un díptico de ficción/no ficción: por un lado un film-ensayo centrado en las huellas concretas del Quijote en Madrid (turísticas, institucionales, comerciales, o de arte urbano crítico, espontáneo), y por otro una ficción con un Don Quijote de cuatro siglos reaparecido en Madrid, enfrentado a estas huellas diversas e inquietantes, y enfrentado también a su propia memoria múltiple, la de las decenas de aventuras paralelas imaginadas por otros escritores, desde Avellaneda a Salman Rushdie. En marzo de 2020 salí a grabar la primera de esas huellas, el graffiti del Quijote en la puerta de un supermercado Carrefour, y una semana después nos confinaron. La pandemia tuvo entonces dos efectos: primero, exacerbar el clima político, acelerando las estrategias de desinformación y manipulación política desde los medios y redes sociales, visibilizando de forma más transparente lo que yo quería tratar en la película. Segundo, transformar la película en un proyecto en confinamiento, y concretar su aspecto formal con referentes distintos al de la deriva urbana: el diario de pandemia, el Viaje alrededor de mi habitación de Xavier de Maistre, o el cine-ensayo belga, con su atención por lo doméstico, lo autobiográfico, los objetos cargados de memoria. El resultado es, quizá, una suerte de Viaje alrededor de mi biblioteca.

Logras hilar una serie de temas y épocas de forma magistral, con ecos constantes con la actualidad. ¿Cómo desarrollas este tipo de narrativa? ¿Partes de un guion previo o escribes a medida que editas?

La película la he ido tejiendo por capas, de manera bastante orgánica y a veces simultánea: primero las notas detalladas de mis lecturas de las obras de Cervantes, luego las notas diarias de informaciones de todo tipo durante los días de confinamiento, después los cruces de informaciones y ecos entre ambas épocas, el trabajo de rodaje y montaje audiovisual, el mecanismo de contrapuntos entre texto e imágenes, las decisiones sobre la estructura. Hoy sigo recopilando continuaciones apócrifas del Quijote; algunas aparecen aludidas en la película (Avellaneda, Lunacharsky, Rushdie,…), pero el conjunto da sin duda para otro largometraje. La última continuación que he conseguido es un “Antiquijote” falangista de 1940, escrito por Tomás Borrás, que asegura que siempre fue Don Quijote quien tenía razón en lo que veía, en su lectura heroica del mundo; era Sancho el que creía ver ventas donde había castillos. A partir de todas estas continuaciones, sumadas a estos “apuntes” ensayísticos, quiero trabajar mi Quijote de ficción.

Qué te llevó a estudiar con tanta profundidad la obra de Cervantes y las obras sobre él?

En realidad, me parece muy difícil terminar el Quijote y no sentir la necesidad urgente de leer todo lo demás que aquel hombre decidiera escribir. Hay zonas de su producción con las que no llego a conectar (La Galatea, casi todo su teatro salvo la Numancia, gran parte de su poesía, bastantes de las Novelas ejemplares), pero ha habido verdaderos descubrimientos para mí en el resto de su obra. Los principales han sido el Persiles, tres de las Novelas ejemplares (El licenciado vidriera, Rinconete y Cortadillo, El coloquio de los perros), y ante todo, me han parecido especialmente reveladores los Entremeses. Uno de ellos, El Retablo de las Maravillas, da título a mi película, porque termina de confirmar lo que uno sospecha al leer esa conversación más o menos ambigua de Ricote con Sancho. Es una obra, este Retablo de Cervantes, que traza una línea evidente hacia Goya y Valle-Inclán para iluminar algunas zonas muy reveladoras del presente (¿continuo?) de nuestro país. También, aparte de las obras del propio Cervantes, algunos ensayos sobre su obra han sido claves para acceder a otros niveles de profundidad; entre todos ellos, ninguno tan decisivo como dos libros de Américo Castro: El pensamiento de Cervantes (1925) y Hacia Cervantes (1958).

Si Cervantes viviera en nuestra época, ¿crees que volvería a escribir El Quijote?

En vista de su amor (no correspondido) por el teatro, creo que hoy Cervantes probaría a hacer su Quijote en forma de película. Sin duda tendría multitud de materiales sacados de la política y de la sociedad españolas actuales con los que armarla, aunque también es muy probable, como fue el caso con su teatro, que no consiguiese financiación y tuviera que publicar directamente los guiones.

En tus películas sueles recurrir a material de archivo, ¿cómo investigas y hallas dichos materiales que terminas usando en tus obras? ¿Has tenido en alguna ocasión problemas para lograr luego los derechos de todo lo que deseas usar?

Como creador, como investigador y como programador, mantengo un trabajo permanente de recopilación de imágenes, sonidos, textos y películas, y a veces algunos materiales concretos acaban dentro del montaje. El objetivo es hacerlas entrar en conflicto por montaje con la obra de partida, sea el Guernica en Las Variaciones Guernica (2012), la Universidad Laboral de Gijón en La Ciudad del Trabajo (2015), o el Quijote en esta nueva película. Dependiendo de la forma en que se usen dichos archivos, requerirán permisos o no. En el caso de esta película, los fragmentos de películas o imágenes de archivo están utilizados de una manera que no supone problema desde ese punto de vista, por ejemplo en el Prólogo o en el capítulo de la quema de libros.

Te sumas a una gran lista de cineastas que se han obsesionado con El Quijote, ¿qué crees que es lo que fascina tanto sobre su figura en el mundo del séptimo arte? ¿O a ti personalmente?

El Quijote es el mito más importante de nuestro país, y uno de los mitos centrales de la modernidad europea. Se ha adaptado en todas partes con acentos propios, de Ecuador a China. En él nos reconocemos, reconocemos la pulsión por la utopía, por el decir basta ante lo intolerable naturalizado. Los quijotes actuales ya no son ancianos con barba: son quizá adolescentes espantados/as con la inacción colectiva ante la destrucción del planeta, que ponen sus cuerpos como barrera para intentar frenar inercias que parecen inevitables. Creo que hay algo definitivamente rotundo en este personaje que decide un día salir a los caminos a hacer lo justo, lo correcto, sabiendo que recibirá golpes, pedradas, puñadas y gateamientos por ello. Ese personaje, unido al fascinante juego de ajedrez de Cervantes con sus lectores y censores para crear un envoltorio de locura y metaliteratura que permita todas las críticas al sistema, es irresistible para cualquier persona que hoy se dedique a la creación, en cualquiera de sus formas, y en cualquier nación del mundo. Mi enfoque concreto sobre el Quijote consiste, de alguna manera, en una operación equivalente a la que había realizado antes con el Guernica y con la Universidad Laboral de Gijón: la reactivación política de una obra de arte del pasado banalizada hoy por la mirada turística, para hacer aflorar algunas cuestiones asociadas a su concepción original que habían quedado ocultas.

Para finalizar, la película nace a modo de apuntes para una película futura, ¿has empezado ya a desarrollar o financiar esa nueva obra? ¿Te ha hecho modificar mucho la idea inicial el realizar esta película de apuntes?

Mi primer director de tesis, Juan Antonio Ramírez, me decía que cuando quería aprender sobre un tema, montaba una asignatura y escribía un libro. Yo hago películas para lo mismo, para leer con más detenimiento y atención sobre algo que considero decisivo, para hacerme más preguntas, para dejar que la obra de partida dé lugar a conexiones y afluentes. Esta película hace confluir mis dos obsesiones principales, el cine y la literatura. Con ella cierro una década de film-ensayos sobre artes (arquitectura, escultura, pintura, art brut, cine, literatura), y quiero pasar a explorar otros territorios. De este proyecto de apuntes sobre el Quijote deberían salir, idealmente, una novela y una película de ficción, que contarán la misma historia desde lenguajes diferentes: la historia de la reaparición en Madrid de un Quijote de cuatrocientos años, un Quijote mudo de memoria cuántica, que recuerda sus vidas simultáneas y contradictorias mientras mira desconcertado las huellas, usos y abusos de su figura que invaden el Madrid actual.

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